Cotidianidad de una pizpireta

Dormita la lavandera, en un día ventoso, guiñándome un ojo mientras se entreve una leve sonrisa, corretea entre los secos palos del arroz cosechado, siempre atenta a los colegas que merodean sus dominios que los pelea, un poco por la honrilla, no sé si por estar siendo observada.

Se deja llevar por los suaves rayos del sol que le calientan la jeta, aunque no pierde en todo momento el horizonte, por lo que pueda venirle. ¡Qué vida!

Pizpireta, salta, mientras lanza su tenue, melancólico y corto silbido

Anda por los surcos inundados, atenta a pequeños invertebrados que le sirven de almuerzo, protegiéndose entre los terruños que le sirven de parapeto, encontrando momentos de sesteo en su ajetreada vida

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Pinceladas

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Al anochecer se suavizan los colores ofreciendo sorprendes pinceladas que pálidamente intento recoger con mi cámara. Poco tiempo antes unas treinta avutardas supieron alegrarme como ellas solo saben hacerlo, permitiéndome observarlas a placer a pesar del próximo tiroteo que indicaba el inicio de las pasiones de los cazadores

 

El cambio de tiempo que nos anuncian los relojes biológicos

Se barrunta el cambio de tiempo pues la bronca berrea se apaga mientras los suaves pitidos de los parteros toman el relevo. Los infalibles relojes biológicos persisten, aunque el cambio climático los intenta desajustar provocando debacles en las especies estenócoras, de distribución puntual, con poblaciones bajas y de lenta reproducción.

 

Los huesos se resienten, estallan, mientras seguimos con cielos rasos y temperaturas por encima de los treinta, pica el sol quemando los membrillos, que nadie quiere.

 

Pero la llegada de los petirrojos, los papamoscas…, nos abren la esperanza de otoños mediterráneos en los que las dehesas alcanzas esplendores espectaculares, solo necesitan un poco de agua y que la intervención humana no sea muy severa, pues la dura encina, y su séquito, responde agradecida al olvido con agua.